Miranda era una niña con el pelo del color del sol de la mañana y una gran sonrisa que iluminaba cualquier lugar. Le encantaba explorar el bosque que bordeaba su casa. Un día, mientras recogía bayas silvestres, escuchó un suave susurro proveniente de una seta gigante, ¡una seta que nunca había visto antes! Al acercarse, vislumbró un pequeño portal de luz brillante, como si una puerta mágica se hubiera abierto.
Con el corazón latiendo a mil, Miranda se atrevió a pasar por el portal. ¡Y se encontró en un reino lleno de colores! El suelo era de flores brillantes, los árboles tenían hojas de cristal y pequeñas hadas con alas de mariposa revoloteaban a su alrededor. ¡Y no solo hadas, sino también elfo juguetones, una sirena de cola iridiscente y un unicornio blanco reluciente! Todos la saludaron con alegría y le ofrecieron una taza de té de flores mágicas. Miranda descubrió que el reino se llamaba Lumina y que los habitantes estaban un poco tristes porque la luz del sol no brillaba tan fuerte como solía.
Los elfos decían que la alegría de Lumina dependía de una flor especial, la Flor del Sol, que había perdido sus pétalos. Miranda, sin dudarlo, prometió ayudar. Con la guía del unicornio, exploró el reino hasta llegar a un claro oscuro. Allí, encontró la Flor del Sol, con una sola espiga marchita. Miranda, usando su sonrisa brillante, cantó una canción alegre y bailó con los elfos, y de pronto, una chispa de luz comenzó a emanar de la flor. Poco a poco, los pétalos volvieron a florecer, ¡y Lumina volvió a brillar!
Los habitantes de Lumina celebraron a Miranda como una heroína. Le regalaron un pequeño polvo de hadas para que siempre pudiera traer alegría a donde fuera. Miranda, con el corazón lleno de felicidad, regresó a su casa, sabiendo que la valentía y la bondad pueden hacer maravillas. Y cada vez que miraba el cielo, recordaba el reino de Lumina y la magia que reside en la amistad y la esperanza.
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